¿Qué ocurre con esa primera mirada, que establece un vínculo fundamental, con las madres que no pueden mirar a su bebé?

 

parto madres que no pueden mirar En el momento del parto, por diversas razones, hay madres que no pueden mirar al recién nacido.  Algunas no quieren y otras no tienen la oportunidad. El momento de conocerse no se puede producir normalmente en ese momento fundamental, en la “hora sagrada”.

En este artículo voy a analizar el tema de cuando en el parto son madres que no pueden mirar a su bebé recién nacido. Se trata de la contrapartida del primer artículo La mirada del recién nacido. En él tratábamos el interesante tema de la protomirada o primera mirada del recién nacido. Decíamos que es una mirada profunda y única que no se repetirá jamás, con una función “parentalizante.” Sin embargo, las situaciones a veces son muy diferentes y nos lleva a preguntarnos:

¿Qué ocurre cuando son las madres que no pueden mirar? ¿Qué ocurre con las madres ciegas? ¿Y con la anestesia de las cesáreas? ¿O con las madres que no pueden centrarse descontroladas, asustadas? ¿O con las madres que rechazan a sus bebés?

El Dr. Marc Pilliot también se hace esta pregunta: ” Si la primera mirada en el momento del nacimiento es tan importante, tan fundadora, ¿qué pasa entonces con las madres  que no pueden “ver” a su bebé porque son ciegas? ¿Tendrán dificultades para apegarse, para establecer vínculos?

Las madres invidentes

Una mujer ciega vive en otro mundo sensorial y son, lógicamente, madres que no pueden mirar. La madre ciega, va a utilizar otras modalidades que darán sentido a su vivencia. Todos sus sentidos estarán alerta: va a tocar a su bebé, a “olfatearlo” (el olor parece ser muy importante);  va a saborearlo, a oírlo, a sentir cómo se mueve. De ese modo, podrá obtener una visión interior, una representación interior más bien, de su bebé. Pero hay algo aún más importante: puede perderse la vista, pero nunca se pierde la mirada.

El rostro de esa madre ciega se mueve y es capaz de transmitir su emoción interior. Esa mujer puede sonreír, puede vocalizar. Su mirada puede estar cargada de afectos, guiada por el sonido, el olfato, el tacto, la masa corporal de su hijo. A veces, algunas madres invidentes no miran, porque han perdido la costumbre, cohibidas por la creencia de que ss ojos no son bonitos.

parto En estos casos es conveniente incentivarles, enseñarles a volver a mirar. Aunque “no vean” al niño en el sentido en que los videntes lo entienden, es importante para su relación de amor que lo “miren” unos instantes. Es fundamental para el recién nacido, que necesita esa mirada para existir.

La importancia de la mirada

Esto nos permite destacar el otro lado de la Protomirada. Ésta, no es sólo fundadora para los padres, también es fundadora para el recién nacido. La vista es egoísta: sólo existe para uno mismo. Pero la mirada se vuelve hacia el otro, sólo existe en el intercambio: mi mirada reconoce al otro y yo soy yo mismo a través de la mirada del otro.

La primera mirada del recién nacido “parentaliza” a la madre y al padre, les permite pasar de la paternidad a la “parentalidad”. Pero al mismo tiempo la mirada de los padres otorga sentido al recién nacido y lo conecta a nuestro mundo.

Mujeres que no quieren mirar

madres que no pueden mirar La mayoría de las madres saben desde siempre: hay que “mirar” a su hijo. En realidad, generalmente es algo instintivo. Sin embargo, algunas mujeres no sienten ningún impulso hacia su hijo en el momento del nacimiento. Por lo tanto, a las miradas puede costarles encontrarse.

Las razones son complejas, personales, íntimas y muy diversas.

¿Cuál es el motivo de que una mujer durante el parto se sienta tan desequilibrada?

¿Por qué está tan triste esa mujer si el parto ha transcurrido sin dificultad y acaban de dejarle a su bebé sobre le vientre?

¿Tal vez sus emociones la están conectando con periodos difíciles y secretos de su infancia? ¿O de su vida reciente de adulta? ¿Acaso sabe ella misma por qué?

¿Tiene miedo de no estar a la altura?

La necesidad de apoyo

No es importante contestar a esas preguntas en seguida, pero sí es urgente apoyar a esa madre: la empatía con ella. La paciencia de los profesionales, su confianza en las capacidades del bebé, su asombro ante todo lo que hace, su discreción para observar sin actuar… Todo eso es fundamental para permitir la formación del vínculo.

Los movimientos del bebé, sus gestos, su llanto, su murmullo acabarán por atraer la mirada de la madre. Si a ella no le agrada el contacto piel con piel y rechaza al niño, bastará con colocar al recién nacido contra el pubis de la madre y esperar. Pueden pasar diez minutos, o más, antes de que se crucen las miradas. Cuando la madre sonríe y tiende la mano hacia su niño, se ha ganado la partida. La insistente mirada del bebé habrá creado un “impulso maternal”, desempeñando así un papel “reparador” de la historia de la madre. Resulta muy positivo proponerle a la madre, durante su estancia en la maternidad, que hable de lo que ha ocurrido en el momento del nacimiento.

En esas delicadas situaciones, llevarse al recién nacido y separarlo de su madre para administrarle los primeros cuidados no urgentes, es impedir que se establezca ese vínculo aun frágil, es crear dificultades suplementarias para el futuro psicoafectivo de ese bebé y esa madre.  Siempre debemos actuar movidos por la preocupación de no hacer daño y es tan importante preocuparse de la salud psíquica como de la somática.

En ocaciones,  el vínculo afectivo no logra establecerse: hay que admitir entonces que una madre pueda venirse abajo cuando nace su hijo. Hay que ofrecerle en seguida la posibilidad de buscar en el fondo de sí misma para encontrarse con su bebé.

La historia de la mamá de Julie

El doctor Pilliot narra La historia de la mamá de Julie que resulta  muy útil para comprender mejor la importancia que tiene este tema.  Se trata de una mujer que perdió a su anterior bebé en el sexto mes de embarazo, en condiciones difíciles y dolorosas. El pasado psicosocial de esa mujer es duro. Este embarazo fue seguido de cerca por los servicios de Protección Materno-Infantil y pudo llegar a las 36 semanas.

El parto se provoca en ese momento a causa de un crecimiento intrauterino retardado que parece grave. Julie nace sin dificultades particulares. Parece tener efectivamente bajo peso, a priori menos de 2000 gr. Al ponerla sobre su madre, ésta grita de miedo, no la mira, vuelve la cabeza hacia otro lado, grita varias veces “me has hecho daño”. Julie es entonces colocada sobre el vientre de su madre, envuelta en un paño caliente. Su mirada es fija y de una intensidad impresionante.

La comadrona comenta en voz baja: “es muy guapa, te está mirando”. Aún así, la madre sigue desviando la mirada hacia las paredes del paritorio, hacia el techo. Después de unos minutos, sus ojos bajan hacia Julie, se enganchan apenas un segundo, y se desvían nuevamente, luego vuelven y se van otra vez. Julie no deja de mirarla ni un segundo, como si esperase que volviese a mirarla. Esa madre necesitó de diez a quince minutos para aceptar la presencia de su bebé, engancharse a su mirada y tenderle las manos sonriendo y llamándola “Julie”. Una hora después, la madre dijo que había tenido mucho miedo porque su anterior bebé también era una niña.

La mirada de Julie desempeñó aquí un papel fundador y reparador para su madre. Esa mujer se convirtió en madre a través de la mirada de su bebé: se sintió mirada como nunca lo había sido, la intensidad y la gravedad de la mirada de su hija la condujeron inevitablemente a entregarse a ella. En cuanto a Julie, con esa madre al principio distante, la baza es importante: está en juego su equilibrio psíquico y afectivo, está en juego su vida. Su mirada es una petición, una súplica hacia su madre: “Quédate conmigo” parece decirle. La mirada que recibe de su madre le permite entonces existir. Se convierte en “ser humano” a través de la mirada de su madre. La verdadera historia entre Julie y su madre reside en la expresión de sus ojos y en ese intercambio que las acerca.

Esta historia ocurrió hace unos quince años, según el Dr. Pilliot. Los servicios sociales nunca han tenido ningún problema con esta madre y su hija.

Un caso sin final feliz

violencia obstétricaContrariamente al caso anterior, relata otro caso que culmina en infanticidio. ¿Qué le ocurrió a aquella mujer frágil que no soportó la delincuencia de su pareja y mató a su bebé de 6 meses?

¿Qué desesperación la llevó a ese extremo?

Al nacer, su bebé tenía una mirada profunda, fulgurante, fulminante, pero ella no la vio porque estaba anestesiada. No le trajeron a su hijo hasta varias horas después de nacer, cuando ya estaba profundamente dormido. El Dr. Pilliot comenta:“Como pediatra, siempre me he preguntado si esa mujer habría llegado a tal extremo de desesperación si hubiera podido tocar a su hijo cuando nació, acariciarlo, olerlo, mirarlo… y recibir su mirada”.

En conclusión:

La llegada al Mundo sigue siendo un misterio. Hay un nacimiento corporal que es el parto, y los procesos fisiológicos permiten una rápida adaptación, sometida a nuestra temporalidad. Pero, más allá del parto, también existe un nacimiento psíquico y espiritual, el nacimiento de un ser humano, de una consciencia, de un pensamiento. Se pasa de un mundo intemporal de globalidad, de totalidad, de armonía permanente, a un mundo de discontinuidad y frustraciones.

La protomirada es un puente entre esos dos mundos. Para la madre, la primera mirada de su bebé crea un “impulso maternal” indefectible. Para el recién nacido, el encuentro con otra mirada lo humaniza y lo transforma en ser de consciencia y pensamiento, en ser de deseo, siempre en búsqueda del absoluto original.

 

Bibliografía:

Dr Marc PILLIOT La mirada del recién nacido Agosto 2005 Artículo: Dr. Marc Pilliot, “Le regard du naissant”. Publicado en los “Cahiers de Maternologie” 2005; 23-24: 65-80 y en “Spirale” 2006; 37: 77-94

 

Liliana M. Lund

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